El martes fue uno de los días más noticiosos del año.  Presentó su renuncia la ministra de Salud, Soledad Barría. Su tocaya Alvear también renunció, pero a la presidencia de la DC y a su candidatura presidencial.  Me pregunto cómo habría sido la cobertura de la muerte de Ricardo Claro si no hubiera tenido tanta competencia, porque de todos modos La Tercera le dedicó ocho páginas y El Mercurio cinco, en tamaño king size.

El despligue no me sorprende, pues la importancia económica y política de Claro lo justificaba. Tampoco que algunos medios tradicionales hayan mantenido la costumbre nacional de santificar a los muertos. Lo que realmente me llamó la atención, fue la reacción del oficialismo y su brazo informativo,  La Nación.

Si se busca la reacción online del diario del gobierno, el tercer link de Google nos muestra un titular esperable para ese medio: “Muere el activo empresario pinochetista Ricardo Claro”. Si uno abre la nota, el título cambia a un más sobrio “Sorpresiva muerte de Ricardo Claro”. Supongo que alguien encontró que era poco políticamente correcto y quizás tenía razón. El caché guarda la versión original.

Pero lo que no tiene explicación lógica es la versión en papel del día siguiente.  “Filántropo generoso”, se titulaba el recuadro que no hablaba de las conocidas y cuantiosas donaciones de Claro a organizaciones benéficas, sino  que citaba  al ex general Luis Cortés Villa, presidente de la Fundación Pinochet: “A nosotros, como fundación, nos apoyó mucho, fue muy claro en sus ideas, e incluso en la detención de mi general, él fue una persona clave para conseguir los abogados que nosotros necesitábamos”.  ¿Dónde quedó la línea editorial?

Porque más adelante hay otra curiosidad. “Claro defensor de la libertad de informar y de expresión”, es el título de otra de las notas de La Nación. En el texto se cuenta el ya histórico episodio televisivo en que Claro le puso play a una radio Kyoto y todo Chile escuchó una conversación telefónica en que Sebastián Piñera hablaba con su amigo Pedro Pablo Díaz para que pauteara al periodista Jorge Andrés Richards para poner en aprietos a Evelyn Matthei. El audio había sido intercepetado ilegalmente por el Ejército. Como bien recuerda Tomás Jocelyn Holt en una  entrevista publicada hoy en El Mostrador, el episodio hundió políticamente a Piñera y a Matthei, dejando a la derecha sin patrulla juvenil y sin candidatos presidenciales por un buen rato.

Según Jocelyn Holt, Claro se arrepentió de la forma en que actuó entonces, pero ahora La Nación prácticamente parafraseó la explicación que dio en ese momento para haber difundido las escuchas ilegales, pues en 1992 Claro invocó la defensa a la libertad de expresión.

Pero el diario oficialista tiene mala memoria, pues Claro tenía el record de haberse querellado contra periodistas de dos medios de comunicación.  Primero contra El Mostrador, por divulgar un informe que vinculaba a una empresa de la que era parte con violaciones a los derechos humanos. Luego contra La Nación!!!! por haberlo puesto como uno de los rostros de “la cara civil de la tortura“. Claro perdió ambos juicios.

Sinceramente, no tengo idea si Claro tuvo alguna responsabilidad directa en violaciones a los derechos humanos o si las acusaciones fueron injustas. Pero sin duda algo se perdió entre que La Nación lo a apuntó con el dedo y luego, sin disculpas de por medio,  lo beatificó.

Para todos los que tienen mala memoria, los dejo con Ricardo Claro y su Kyoto: