Serie de retratos de Nicola Okin Frioli de mexicanos enmascarillados http://www.okinreport.net/

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Mientras escribo este post, debería estar empezando a crear anticuerpos contra la influenza común. La paranoia por la gripe porcina llegó a mi familia y tuve que vacunarme para que todos se quedaran tranquilos. Sé que nada asegura que estoy más protegida que antes, pues lo cierto es que el virus que tiene a todo el mundo aterrado es una mutación.

Más vale prevenir, pero odio que me atrape la paranoia. El otro día veía un despacho televisivo desde el Hospital del Tórax. El médico que hacía de vocero se asomó ante las cámaras para dar un mensaje de calma. Pero los periodistas se le tiraban encima, preguntándole si había casos positivos de influenza porcina. Es normal, todos queremos saber eso, pero estaban tan ansiosos que parecía que lo único que esperaban era un sí por respuesta.

La sensación térmica es de miedo. De que estamos desprotegidos. Las imágenes y relatos que llegan desde México son desoladores. Un país encerrado, enmascarillado, sin vida pública. Argentina y Perú cancelaron los vuelos al DF. En Chile los medios parecen en alerta. ¿No será mucho? ¿Servirá de algo?

Me puse a revisar estadísticas. La influenza a secas, la de todos los años, es un virus bastante más potente de lo que se cree. Según datos oficiales, en Estados Unidos, cada año mueren 36.000 personas debido a este mal. ¡Eso es mucha gente! Equivale a toda la población de una ciudad pequeña, como Villarrica o San Javier.

En Chile no encontré una estadística tan redonda. La influenza genera infecciones respiratorias graves que causan numerosas muertes, como la neumonía. Esto enreda un poco los datos. De acuerdo al Ministerio de Salud, cada 2 o 3 años se produce un brote epidémico. La mejora de las condiciones sanitarias y las masivas vacunaciones han disminuido las muertes. Por ejemplo en 1999 se registraron 131 fallecimientos, cifra que bajó a 54 en 2001. Para mantener a raya la estadística, cada año el gobierno gasta unos $ 5 mil millones en vacunas.

En México las vacunaciones comenzaron en 2004. Ese año, 10 mil personas murieron a causa de la influenza, pero se calculaba que se evitaron otras 22 mil.

¿Qué decir ante estas cifras? Por un lado, la influenza sí es muy mortal y para esta variedad aún no hay vacuna. Por otro, quizás le estamos poniendo demasiado color a una enfermedad que conocemos bien y que muta periódicamente. Estaba entre esos dos extremos cuando mi amiga Eme me mandó el link a un artículo del New York Times que entrega un interesante punto de vista.

La autora es Elizabeth Rosenthal, una doctora y periodista que ya vivió la gripe aviar mientras vivía en Beijing. De esa experiencia, advierte que la medida más útil para evitar el contagio es tan simple como lavarse a menudo las manos. Advierte que no sirve de nada andar con mascarillas en la calle, sino solo en lugares cerrados. Podría parecer menor, pero es obvio que la vida en México se ha visto alterada. No es normal ni humano que todo el mundo ande a rostro cubierto. Rosenthal dice que de su experiencia en Beijing puede concluir que esta costumbre es devastadora para el tejido social. Me lo puedo imaginar.

Sobre ese punto ha habido bastante desinformación, pues en la semana la BBC informó que las autoridades de salud mexicana no usaban tapabocas porque no servían para evitar el contagio. Lo insólito es que no lo habían comunicado a la población debido a que la gente se sentía más segura usándolas. Si vamos a la fuente oficial, la OMS dice que si bien las mascarillas pueden ayudar, es necesario usarlas correctamente para que sean útiles, lo que incluye cambiarlas cada vez que se humedezcan y no reutilizarlas

Volviendo las palabras de Rosenthal, la cantidad de contagios conocidos hasta hoy -comparado con las cifras anuales de influenza en Estados Unidos-, hablan hasta ahora de una crisis bastante suave. A su juicio, las medidas tomadas por las autoridades para prevenir la transmisión deben ser motivo de confianza, no de pánico. Añade que unas 1.000 personas murieron de gripe aviar, pero que las principales consecuencias fueron económicas.

Concluye Rosenthal: “Como médico, estudiante de Salud Pública e incluso como periodista, siento vergüenza cuando veo que la influenza porcina o H1N1 es llamada “el virus mortal”. La evidencia hasta ahora no sugiere que sea más mortífera que la influenza promedio. Y hay una frase que he visto a menudo: La Organización Mundial de la Salud no ha declarado la pandemia aún. La frase estaría bien -y transmitiría la suficiente información sin presumir de lo que el futuro depara- si le sacaran la palabra final, “aún”.

Por mientras, el pánico se extiende por el mundo y altera la vida de los mexicanos. Hoy me llegaron varios mensajes desde el DF. Dice mi amigo V:

Camino por Ciudad Influenza y no la reconozco. Desolada. Sin el terrorífico tránsito de siempre. Rostros que son todos ojos a causa de los tapabocas. No hay besos, abrazos, apretones de manos. No hay clases. Ni misas. Ni restaurantes ni discotecas. Ni cines. Tampoco teatros. Hasta los delincuentes están encerrados. Aquí ya nada pasa. Pero hay algo peor, la verdadera epidemia: el miedo, la discriminación. Ahora los mexicanos somos ante el mundo “los apestados”. Y eso es lo más grave. Ayuden a frenar todo eso, ¿si?

Otros dos correos hablan de lo que han hecho estos días encerrados en sus casas. Me gusta la mirada de mi amigo A, que refleja bien a los mexicanos que no dejan de quererse y tocarse pese a las mascarillas:

Ayer estuvo F en casa. La abrazamos, la besamos y ella dijo que eramos los primeros mexicanos que la trataban así, jajaja. (…) Y pues la locura porcina la he vivido en casa: la ciudad está, digamos, temporalmente clausurada y no hay donde ir. Salvo los irresponsables que nunca faltan y que andan en las calles como si nada, todos andamos guardados en casa. Mi mujer y yo decidimos pintar la casa, hacer comida un poco laboriosa (para perder tiempo), ver pelis y hacer el amor, jaja. Esos son mis días desde hace cuatro noches y dicen que va pa’largo.