Lo primero que hice al aterrizar en Dallas y pasar la siempre estresante barrera de policía internacional fue correr a una tienda de revistas. Miles de revistas. Ya sé, hay estadísticas horribles sobre todos los medios que han quebrado con la crisis, pero acá sigue habiendo publicaciones para todos los gustos. Una delicia.

La primera en atraer mi vista fue Wired, que llevaba en su portada al guapísimo Brad Pitt. Toqué la portada y era lo máximo, papel grueso, opaco y rugoso. Tuve que comprarla. Claro que lo de Brad fue un poco un engaño, porque lo que hace es una humorada de un par de párrafos, pero igual el número tenía algunas cosas interesantes. El punto es que la compra fue una decisión sensorial, pues probablemente no habría hecho click en ninguno de los artículos, pese a que visito con frecuencia el sitio de Wired.

También caí con el New Yorker. Siempre caigo aunque nunca alcanzo a leerlo entero. Ni siquiera me dí cuenta de que no era el último número. La portada era bella y traía un gran reportaje sobre la guerra en Irak que podría convertirse en la tercera parte de la serie Band of Brothers (si es que es cierto que hicieron una segunda en la guerra de Corea).

El reportaje cuenta la historia de un coronel que estuvo en la famosa batalla de Mogadiscio que se narra en La Caída del Halcón Negro (el libro de Mark Bowden llevado al cine por Scott Ridley). Un milico agresivo, duro, que va a derecho a matar. En Irak estuvo a cargo de la 101 Airbone Division, la misma de los paracaídista de la Segunda Guerra Mundial que retrata Band of Brothers. Hasta ahí la trivia, porque lo que el reportaje busca mostrar es cómo un hombre a cargo de una tropa puede condicionar la guerra al punto de desatar una masacre.

Como tenía una escala de tres horas y luego tomé un vuelo de la misma duración, también me dio tiempo de devorarme el New York Times en papel. Me sorprendió que titularan con un reportaje sobre los accidentes de auto por hablar por celular o mandar mensajes de texto (adentro venían dos páginas gigantes). El número dominical estaba excelente, pero me pareció que para un diario que está en crisis, no era un tema muy vendedor. Como sea, fui feliz leyendo en papel el diario que todos los domingos hojeo en internet.

Ya sé que esto parece una apología al papel, lo que es raro viniendo de alguien que trabaja en un medio digital y que muchas veces lee los diarios en la pantalla aunque los tenga en papel. Lo sé y es un poco una apología. Hoy amé el papel. Tener un menú como el que hay en los medios de EE.UU. y tener el tiempo de leer con calma me hizo comenzar bien el día.